Por Ernesto Jauretche
¿Cómo vivimos aquellos infaustos días que rodearon
al 8 de octubre de 1967 los jóvenes militantes peronistas de las
todavía rudimentarias organizaciones de la JP que se preparaban
para pasar de la resistencia a la ofensiva? ¿Qué relación
hallábamos entre Perón y el Che? ¿Podríamos
afirmar fundadamente que Perón fue guevarista y el Che peronista?
El Che era la conducción ética de la revolución:
el hombre nuevo. Perón era la conducción concreta de la
revolución: el líder de un Movimiento de Liberación
Nacional. Ambos tenían la misma perspectiva sudamericana de la
revolución y compartían el mismo enemigo: el imperialismo
norteamericano.
Por eso podíamos coincidir y disentir a la vez, con ambos.
Podíamos disentir con el Che cuando planteaba las estrategias
de la acción para alcanzar los objetivos revolucionarios: sobre
todo con la idea de el “foco”. A la juventud peronista le costaba mucho
entender el concepto de vanguardia. Porque nos movíamos en una
corriente de pensamiento que tenía como sujeto de la revolución
a la unidad de todas las clases en la defensa de los intereses de la Nación
frente al imperialismo. Y veníamos de una experiencia obrera real
y no imaginaria: no sentíamos que hiciera falta el foco para despertar
la conciencia de la clase; sólo había que esperar a que
madurase en la lucha. Nuestros trabajadores, mayoritariamente peronistas,
eran “la columna vertebral del Movimiento”. Abrevábamos en una
idea de la insurrección, que implicaba si no evitar al menos postergar
los conflictos interclasistas. Pero coincidíamos en que la revolución
iba a ser producto de un hombre nuevo, que la forma hace al contenido
y que refundar la Nación, como nos proponíamos, iba a exigir
el abandono de las viejas prácticas liberales, reivindicar la nobleza
de la política y hacer de la militancia un ejército épico
munido de los más sólidos principios éticos. Y que
ese hombre nuevo debía conducir el proceso, bajo el paradigma de
la clase trabajadora.
Podíamos disentir con Perón cuando, desde la realpolitik,
seguía aferrado al ya anacrónico planteo de la revolución
democrático burguesa, en medio de un mundo donde las luchas populares
eran por el socialismo. Por eso, reivindicando el espíritu crítico
que debe animar toda militancia, salimos a decirle un día que “Está
lleno de gorilas el gobierno popular”. Pero cuando había que pelear
por las convenciones paritarias para conseguir aumentos de salarios para
o desestabilizar al “partido militar” progresando en la acumulación
de poder, la estrategia válida era la de Perón y no la del
Che. Y como la revolución es un proceso de construcción
de relaciones de fuerza, para combatir al formidable poder del régimen,
en Perón encontrábamos el eje de la unidad y al rector de
una estrategia de conjunto, con todas sus alas y destacamentos desplegados.
Perón y el Che deben haberse encontrado muchas veces en sus planteos
revolucionarios. No es esta una presunción infundada. Incluso hay
fuentes consistentes que relatan el encuentro cara a cara de los dos,
en 1964. Pero concurrían al encuentro desde diferentes lugares.
Para Perón, el Che podía ser parte de su estrategia de manejo
de un dispositivo de conjunto. Sobre todo porque para Perón, y
para los peronistas, la revolución cubana no es importante porque
sea socialista sino porque es una revolución de emancipación
nacional. Mientras, para el Che, las masas de trabajadores lideradas por
Perón eran el sujeto real de su proyecto revolucionario para el
extremo sur de la América del Sur que quería liberar.
Por otro lado, si para Perón el Che era “el más grande
revolucionario de América”, para el Che, Perón era un ya
legendario y bien probado latinoamericanista y anttimperialista. No puede
haberle pasado imperceptible el acuerdo del ABC que Perón había
firmado en 1951 con Chile y Brasil, acta fundacional y rumbo concreto
de la integración y presumiblemente una de las principales causas
de su derrocamiento.
Pero Perón era General, y para un militar, cuando se lleva la
política al terreno de la guerra y se pierde, es que se perdió
la política. Sólo la visión genial del estadista
que había en Perón puede haberle dictado aquella famosa
carta del 8 de octubre de 1967, donde adivina el tamaño que adquiriría
la figura del Che después de su sacrificio en Bolivia: “Nos sentimos
hermanados con todos aquellos que, en cualquier lugar del mundo y bajo
cualquier bandera, luchan contra la injusticia, la miseria y la explotación.
Nos sentimos hermanados con todos los que con valentía y decisión
enfrentan la voracidad insaciable del imperialismo, que con la complicidad
de las oligarquías apátridas apuntaladas por militares títeres
del Pentágono mantienen a los pueblos oprimidos.
Hoy ha caído en esa lucha, como un héroe, la figura joven
más extraordinaria que ha dado la revolución en Latinoamérica:
ha muerto el Comandante Ernesto Che Guevara.
Su muerte me desgarra el alma porque era uno de los nuestros, quizás
el mejor: un ejemplo de conducta, desprendimiento, espíritu de
sacrificio, renunciamiento. La profunda convicción en la justicia
de la causa que abrazó, le dio la fuerza, el valor, el coraje que
hoy lo eleva a la categoría de héroe y mártir...”
El punto de encuentro entre el Perón de 1967 y el Che sobresale
en este párrafo de esa carta: “Su vida, su epopeya, es el ejemplo
más puro en que se deben mirar nuestros jóvenes, los jóvenes
de toda América Latina”. Es impresionante que Perón pudiera
mirar el futuro a la distancia, porque en esos momentos Guevara era muy
resistido por los sectores tradicionales del Movimiento. Sin embargo,
si alguna fracción del peronismo hubiera querido hacer profesión
de un antagonismo, quedaba expresamente desautorizada por el propio Perón.
El héroe colectivo que es el pueblo, se mueve cuando el objetivo
es trascendente: la emancipación nacional, la soberanía
popular, la justicia social, el socialismo, la Nación Latinoamericana.
Perón era profundamente sanmartiniano y como el Libertador, sabía
que “Sin ilusiones ni ideales los pueblos no podrían vivir”. Entendió
que esa figura mítica que sería más adelante el Che,
contribuiría a inflamar de coraje a todo un pueblo.
Pero Guevara también era de los que tenían la larga mirada
del estratega. En carta a la madre del 20 de junio de 1955 (cuatro días
después del salvaje bombardeo a la Plaza de Mayo que había
dejado medio millar de muertos), Guevara se adelanta a los tiempos, califica
a esos “mierdas de los aviadores que después de asesinar gente
a mansalva se van a Montevideo a decir que cumplieron con su fe en Dios”,
y se refiere también a los dirigentes civiles de ese intento de
golpe de estado afirmando que “tirarían o tirarán -que todavía
no se aclaró todo- contra el pueblo a la primera huelga seria....
matarán a cientos de “negros” por delito de defender sus conquistas
sociales y La Prensa dirá muy dignamente que es ciertamente muy
peligroso el que trabajadores de una sección vital del país
se declaren en huelga”. Y lo fundamenta: “la Iglesia tuvo muchísimo
que ver en el golpe de estado del 16, y también tuvieron que ver
con eso “nuestros queridos amigos” (citando seguramente carta anterior
de su madre que así califica a los norteamericanos), cuyos métodos
pude apreciar muy de cerca en Guatemala”.
Una semana después de iniciado el golpe de Estado que derrocaría
a Perón, Guevara vuelve sobre el tema en otra carta (“Querida vieja,
24 de setiembre de 1955): “Esta vez mis temores se han cumplido, al parecer,
cayó tu odiado enemigo de tantos años; por aquí la
reacción no se hizo esperar: todos los diarios del país
y los despachos extranjeros anunciaban llenos de júbilo la caída
del tenebroso dictador; los norteamericanos suspiraban alegrados por los
425 millones de dólares que ahora podrían sacar de la Argentina;
el obispo de México se mostraba satisfecho de la caída de
Perón, y toda la gente católica y de derecha que yo conocí
en este país se mostraba también contenta; mis amigos y
yo, no; todos seguimos con natural angustia la suerte del gobierno peronista...
Aquí, la gente progresista ha definido el proceso argentino como
“otro triunfo del dólar, la espada y la cruz”. Y, al final, agrega:
“Te confieso con toda sinceridad que la caída de Perón me
amargó profundamente, no por él, sino por lo que significa
para toda América, pues mal que te pese y a pesar de la claudicación
forzosa de los últimos tiempos, Argentina era el paladín
de todos los que pensamos que el enemigo está en el norte...”.
Y hasta se permite advertir a su madre: “Gente como vos creerá
ver la aurora de un nuevo día...Tal vez en un primer momento no
verás la violencia porque se ejercerá en un círculo
alejado del tuyo”.
Pero si algo faltara para ratificar esa perspectiva que Guevara tenía
sobre el gobierno peronista, valga citar también la carta dirigida
a Ernesto Sábato, fechada ya en La Habana el 12/4/60: “Sería
difícil explicarle porqué... la revolución cubana
no es la “Revolución Libertadora...
No podíamos ser “libertadora” porque no éramos parte de
un ejército plutocrático sino éramos un nuevo ejército
popular, levantado en armas para destruir al viejo, y no podíamos
ser “libertadora” porque nuestra bandera de combate no era una vaca, sino
en todo caso, un alambre de cerca latifundiaria destrozado por un tractor,
como es hoy la insignia de nuestro INRA. No podíamos ser “libertadora”
porque nuestras sirvienticas lloraron de alegría el día
en que Batista se fue y entramos en La Habana y hoy continúan dando
datos de todas las manifestaciones y todas las ingenuas conspiraciones
de la gente Country Club que es la misma gente Country Club que usted
conociera allá y fueran, a veces, sus compañeros de odio
contra el peronismo”.
¿Era peronista Guevara? Tanto como Perón fue guevarista.
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